"Chica virginal, pura y dulce atrapada en el cuerpo de un cisne. Ella quiere ser libre, pero sólo el amor puede romper el hechizo. Su deseo casi le es concedido en la figura de un príncipe, pero antes de que éste le declare su amor, su lujuriosa rival, el cisne negro, le engaña y le seduce. En su desolación, el cisne blanco se arroja desde un acantilado matándose, pero con la muerte encuentra la libertad."
Marca el reloj las cuatro de la madrugada y la cabeza no deja de dar vueltas. En ella se oculta las notas que constituyen “El Lago De Los Cisnes” de Tchaikovsky; el maquillaje, las plumas del vestido que se mueven al compás del cuerpo; las zapatillas de ballet y, entre otras cosas, el paladeo del éxito que aporta la acústica de los aplausos. Mis ojos se ven invadidos por la aflicción que las mismas lágrimas provocan. No es una película. Ni siquiera una simple merecedora de todo premio cinematográfico que exista. Es belleza en estado puro. Algo superior. Es la obsesión de cualquier humano. La obsesión por pretender la perfección de la obra; la obra de nuestra vida. La que día tras día, sin descanso entre bastidores, se nos ha obligado a interpretar. Hacemos el conato de danzar la música que nos es reproducida; eso sí, sin ensayo previo. Giramos, saltamos e inevitablemente caemos con según qué público y ópera. Pero no todo termina ahí, por supuesto. Tras la caída volvemos a erguirnos y somos capaces incluso de llegar al culmen. Ese culmen que ansiamos con cada despertar repetir. Ése desde el que rozar el cielo. Pero sin mayor alternativa debes aclarar tu preferencia, para saber de qué modo seguir. Vivir en la atmósfera que te causa la ambición de llegar a la más sublime perfección o, en cambio, decidirte por saltar a un vacío sin fondo a la vista y terminar con tanta ostentación. En tu mano está la decisión.
Black Swan.
